Siniestro Retrato (creepypasta).

Los eventos que voy  a contar siguen perturbándome noche tras noche sin descanso.  Escribo con la esperanza de que la perspectiva de aquellos que no han visto lo que viví puedan ayudarme a conservar lo que me queda de cordura.


Vivo en una de aquellas casas de fachada muy antigua tan antigua que por más que tratamos de pintar sus muros por dentro y por fuera con colores tan vivos como de flores silvestres, somos incapaces de opacar su atmósfera helada y lúgubre como si aun respirase los misterios de nuestro pasado colonial. Pese a sus pesadas paredes de piedra, las habitaciones son frías y la luz jamás alcanza a iluminar cada uno de sus estrechos pasillos.

Desde siempre mi hogar ha tenido algo de sobrenatural que nadie ha sido capaz de explicar y, como hombre racional que soy, nunca hice caso del consejo de todos aquellos desafortunados que por disimiles motivos pasaron una noche en ella. Y entre todas aquellas piezas sombrías existe una que, como descubrió mi amigo Cristóbal, concentra la maldad del lugar. Justo al fondo de mi casa, después de cruzar un corredor que comienza donde termina la cocina, se encuentra el cuarto. Aquel cuarto que desde ayer no me atrevo a visitar.

Todo comenzó hace tres meses atrás cuando fui violentamente despertado por Cristóbal. Aun puedo recordar los detalles de sus rostros desfigurados en una mueca de terror.

- Milo, Milo...Milo, despierta weon - se miran entre ellos sin ocultar su desesperación- ¿Que son esos ruidos}?. Calla y escucha, ¿a que los has sentido}?. Al principio con la Bea creímos que nos estabas jugando una broma. Que te habías levantado a hacer ruidos en tu cocina hasta que estos cambiaron.

- ¿Dónde está la Bea? -pregunté-.

- Tomo lo que pudo y se fue a mitad de la noche.

Nuestra amiga siempre había sido impulsiva, pero hasta ese momento ningún suceso había logrado amedrentar su carácter. En cuanto a Cris, tres enormes arrugas destrozaron la inocencia de su joven rostro, tal como un arado de bueyes hace lo suyo con una hectárea cerca de Temuco. Para calmarlo, lo invite a mi cocina con la excusa de un café, sin embargo, en realidad lo hice con la esperanza de tomar el rol de su guía. De modo que pude tranquilizarlo con pocas mentiras como la casa solo nos había pertenecido a nosotros y a un puñado de generaciones que se instalaron en ella antes de mí.

- Entonces, como todo lugar antiguo hemos detectado cierta energía. Ocurrió que durante la infancia de dos sobrinos míos, ambos nos relataron como habían visto a un anciano alto y de rostro muy serio que on cuyas características estamos seguros que es mi padre, ¿ves? no hay nada que temer.

- Milo, no estas entendiendo. Esto es más que fantasmas, esto se siente como....- Tras hacer una pausa y mirar hacia el fondo de mi cocina, dijo- ...maldad. Esta casa está invadida por la maldad, por raras coincidencias me he tomado con lugares similares, en su mayoría lugares en que ocurrieron cosas macabras como asesinatos o incendios provocados intencionalmente por motivaciones sucias. 

Al final, el incidente no paso a mayores con Cristóbal. Beatriz nunca más volvió a mi casa, sin embargo, no fue más que un evento aislado. Con mis amigos necesitábamos un lugar reunión y mi hogar estaba ubicado en un cómodo punto de Santiago muy cerca de toda la bohemia de la capital. 

Meses transcurrieron, hasta aquel desafortunado día. Nuevamente, Cristóbal alojo en mi casa con otros dos compañeros nuestros. Yo duermo abajo, dijo con mucha confianza. Se estaba refiriendo a aquel cuarto al costado de mi cocina que nunca usábamos. Era incómodamente estrecho y la humedad había destrozado lentamente sus muros al punto de recubrirse con una fina capa verdosa. Había una cama oculta bajo una montaña de ropa sin planchar y un ropero muy antiguo cuya desgastada madera se había hinchado tanto que era imposible cerrar su puerta del todo. Era un lugar inquietante al que raramente entrabamos, pero todo lo anterior no era lo que más nos inquietaba de aquel sucio rincón. Justo a los pies de la cama, en el fondo de la habitación, se encontraba un retrato de medio metro de alto. Una monja de edad indeterminaba ocupaba su centro. Ella no sonreía ni mostraba expresión alguna. En un momento, incluso, pensé que al pinto cuya firma no es posible reconocer, olvido pintarle las cejas. Por un buen rato nos quedamos contemplándolo.

- ¿Que le sucedió al cuadro? - fue lo primero que mi amigo comento al entrar en el cuarto- esta tan viejo que los acrílicos con que pintaron el rostro de esa mujer amenazan con desprenderse. El cuadro se ve muy antiguo, sino te importa podríamos llevarlo a que lo restauren y sacarle un buen precio con unos conocidos que tengo. 

Sin hacerle mucho caso a ese extraño, pero sutil aroma que percibimos en el aire, abandone a mi compañero, sin jamás imaginar la consecuencia que aquello acarrearía. 

A la mañana siguiente, baje a prepararme algo para desayunar. Siempre he sido el primero en madrugar de todos mis amigos, sin embargo, algo me inquieto. Tres personas habían alojado conmigo, y no era capaz de identificar ni siquiera un miserable sonido que no fuese mi estruendosa respiración que poco a poco iba acelerándose. Subí a revisar los cuartos superiores sin encontrar a nadie, ¿acaso soy víctima de una broma? - pensé- De pronto, recordé el episodio de la Bea. Era la única opción así que, finalmente, decidí probar suerte con Cris que seguramente seguía durmiendo como muerto en la habitación del primer piso. 

Conforme me fui acercando,  extraños pensamientos y precauciones sin sentido desfilaron desordenadamente por mi cabeza. Mi respiraciones acelero y mi pulso escapo de control. Tuve miedo, estaba aterrado de lo que fuese a encontrar. Me detuve frente a la puerta cerrada que cuidaba del cuarto y escuche. Nada. Así que, con aquella infantil seguridad de aquel estadista que piensa que ningún día puede salir de ciertos parámetros normales, abrí la puerta de un golpe y mire al interior. Nada. 

El cuarto estaba vacío, la cama ni siquiera se había desordenado. Todo estaba igual a como se lo mostré a Cris la noche anterior, salvo por un macabro detalle. La pintura del retrato de la monja adopto un tono verde mucho más intenso a aquel del día anterior. De pronto y sin aviso, una parte importante del lienzo se desprendió frente a mí, y enroscándose poco a poco, cayo finalmente al piso con rapidez maligna y por sobre todo silenciosa.  No necesitaba más, al final, grite con todas mis fuerzas buscando alguna compañía humana. Mi cabeza comenzó a girar, necesitaba abandonar aquel nicho, ¿que era toda esa escalofriante atmosfera atrapada sin salida? En eso, mi celular sonó y conteste sin mirar, iba agradecer cualquier voz que me distrajese de los extraños sucesos que estaban ocurriendo. 

- Milo, no abandones la casa. Quédate en el tu patio frente al portón que da a la calle, pero no entres en ella. Y por nada del mundo te acerques al retrato de la mujer - Una sensación de alivio recorrió mi espalda, era Cris- estoy a un par de calles, vengo en mi camioneta. No quiero darte detalles, pero hay algo que escapa a la razón en aquellas pinceladas, que por tu respiración, veo que ya descubriste. No entres a la casa. 

A pesar de aquella atmosfera sobrenatural, hice de sordo frente a sus consejos. Necesitaba una ducha y un cambio de ropa, pues por su camioneta supuse que llevaríamos el cuadro a algún lugar. Atravesé el frontis de mi hogar  y cruce como flecha el pasillo principal hasta las escaleras. Cuando me proponía a subirlas, más tranquilo, escuche como algo de vidrio de mi cocina se quebró contra el suelo. "Que mierda", pensé, y obstinadamente subí a mi cuarto, pero al entrar en él, vi que algo muy raro había sucedido. Todos los cajones estaban abiertos, con toda mi ropa regada por el piso de madera. En un primer momento pensé que había sido el cuarto, pero me di cuenta, por extraño que parezca, que la forma en que había sido acomodada mi ropa en el piso era similar al modo en que yo la habría ubicado en una circunstancia similar cuando me voy de viaje. Sé que es una locura lo que estoy escribiendo, pero es como si en algún momento de anoche hubiese decidido abandonar rápidamente mi casa. De hecho, en ese instante, me di cuenta que no podía recordar nada de lo que había sucedido anoche desde el instante que deje a Cris en aquella habitación maldita. 

Entonces, de un estruendo la puerta abrió de un solo movimiento. Por la sorpresa perdí el equilibrio y caí. Veo que ya te diste cuenta, me dijo Cris al verme nuevamente en mi cuarto. Entonces, me explico que había ocurrido la noche anterior sin importarle el espanto en el que me sumió por necesidad. Anoche, no paso ni media hora cuando inexplicables sucesos empezaron a transcurrir en mi casa que, repentinamente, se transformó en un hotel de esquizofrénica locura. Todos los muebles comenzaron a moverse mientras siniestras formas danzaban endemoniadamente sin parar. Al final, concluimos que el cuadro se había enfurecido por inexplicable razón y despedí a todo el mundo en la puerta de entrada con la promesa de que iría por mi maleta con un poco de ropa y alojaría un tiempo donde Cris hasta saber que había ocurrido. 

- Te llame como loco toda la mañana, pero ahora me doy cuenta que el cuadro está más que simplemente poseído. Voy a llevármelo conmigo ahora a unos conocidos que podrán hacerse cargo de él. 

Cris prendió el motor de su automóvil y se fue con el cuadro.  

Las siguientes horas transcurrieron sin novedad alguna. Recobre mi rutina estudiando para mis exámenes de final de semestre y recibí la llamada usual de mis padres desde Temuco para ver si su retoño había comida debidamente. Obviamente, no les conté nada de lo ocurrido en las últimas 24 horas porque sinceramente, prefería conservar la independencia que me había ganado, además, no hubiese sabido como redimirles todo sin parecer un demente. Tras cortar el teléfono, recordé que no me había duchado aun y subí al baño del segundo piso. No salía agua, le di un par de vueltas extras al grifo por sobre las usuales que siempre le daba sin resultado, ni una gota. Era invierno, así que descarte un corte de agua sin programar por la sequía y, sinceramente, solo podía pensar en el cuadro que hace algunas horas se había llevado Cris en su camioneta. Entonces, la casa retumbo una sola vez, como si hubiese palpitado, luego, por segunda, tercera y tal vez una cuarta, ya no lo recuerdo, escuche como las antiguas maderas crujían haciendo crap crap crap. Con pánico me vestí y salí al corredor del segundo piso. 

La casa había enloquecido, los muebles no estaban y todos los cuadros de las paredes habían desaparecido. Fue en eso cuando las risas, si esas risas que escucho hasta hoy comenzaron. Apenas eran audibles y muy esporádicas, pero no paraban. Cuando menos lo esperabas, escuchabas una pequeña carcajada como de anciano. Siempre sin sorpresa ni ritmo, simplemente escuchaba un anciano reírse a metros de mí. A instantes, me preguntaba si realmente la estaba escuchando por lo que traté de ignorarlas, sin embargo, tras un par de horas sólo podía concentrarme en esa carcajada que podría ocurrir en cualquier momento. 

Cris volvió a llamar como a eso de las ocho de la noche. Le habían dicho, sin mencionarme quien, que el cuadro no tenía maldición alguna. Que al contrario a lo que habíamos creído, el retrato servía como amuleto protector. Lo que estaba poseído por fuerzas violentas era la casa misma en que, por la descripción que les dio mi amigo, se había practicado un siniestro ritual para invocar espíritus fallecidos. Lo anterior, me hizo sentido con las carcajadas del anciano que me asaltaban, las cuales definitivamente no pertenecían a mi padre. Cuando el lienzo se requebrajo, fue muestra de que la maldad de mi casa estaba rebasando la protección del cuadro de aquella santa mujer retratada en él. Caí en la cuenta de que habíamos liberado las cadenas de un mal demencial al que sólo cabía un modo de frenar.

- Crisis, vuelve y trae el cuadro. Toda esta mierda es tu culpa - grite furiosamente por el teléfono toda clase de insultos. No podía detenerme, tal vez por estrés o algo más que no puedo explicar. Al final, quedamos en que esperaría a mi amigo en su departamento mientras que él devolvería el cuadro a su lugar original.

Estaba todo tranquilo cuando abandone lo que había sido mi hogar durante toda mi vida que por instantes, pensé en dar media vuelta y hacer como si nada hubiese sucedido. De pronto, me pregunté cuántos de los felices recuerdos que atesoraba habían sido, de algún modo, intervenidos por aquella extraña presencia que me acecho día y noche sin que me diera cuenta. No había modo de saberlo.

Al final, decidí perder el tiempo paseando por barrio lastraría y otros lugares de Santiago para encontrarme con Cristóbal en su apartamento cerca de metro Universidad de Chile. Ya era de noche cuando al entrar pregunté al conserje si mi amigo había vuelto. Con terror comprobé que no había dado noticias desde después que hablamos por teléfono y abandonó el edificio. Corrí desesperadamente al primer taxi que pude coger y me dirigí directo al infierno. 

Ya era de noche cuando llegué. El portón estaba abierto y todas las luces de mi casa estaban prendidas. Cruce el umbral y atravesé la escalera sin mirarla, pese a los pasos y risas provenientes del segundo piso, ¿era un tango lo que oí o sólo otro eco del pasado que desconocía de aquella casa? Cuando abrí la puerta de la cocina me encontré que estaba en penumbras, accione vanamente el interruptor con la esperanza de iluminar mi trayecto final. En penumbras seguí adelante con mis oídos cada vez más sensibles y mis ojos clavados hacia delante. Un paso después del otro y luego, otro más. 

Ya podía ver la última puerta, estaba abierta y extrañamente parecía haber sido forzada desde el interior. Con un poco de coraje me asomé y con sorpresa contemple que el retrato estaba en perfectas condiciones, tal como se lo había mostrado a Cris la noche anterior, salvo por un macabro detalle. La monja había dejado para siempre de vigilar con aquella extraña sonrisa.  Quise gritar, pero sentí como si una aguja hubiese atravesado mi garganta y mis palabras fuesen afixiadas en vinagre. Si bien era la misma mirada inexpresiva, el notable parecido del joven que ahora ocupaba el lienzo me hizo huir como quien viera al demonio en persona.

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